Mayo 28 de 2010 / 11:43 am En estos días de marzo amanece un poco más de las seis, voy caminando solitario por este oscuro sendero donde escucho mecer las ramas de los árboles por el fuerte viento. Temo que la lluvia y el oleaje nos impidan salir hoy. Simplemente espero. Llego al muelle pero la oscuridad no me permite divisar la lancha, sólo escucho el golpe fuerte de las olas contra su popa. La preocupación aumenta por la inesperada mareta. Mi compañero no ha llegado, él conoce su mar y su embarcación, así que será lo que él y el tiempo digan. Aprovecho la espera para ultimar detalles, ya tengo los binoculares asidos a mi pecho y en mi chaleco he guardado aquellas cosas que siempre llevo conmigo en este tipo de jornadas. Un sándwich y una avena serán mi desayuno de este día como el de los anteriores catorce días y el de los siete restantes. La luz del amanecer trae a mi compañero y también la decisión final, saldremos cuanto antes pues los pitirrís(1) ya empezaron a cantar. ¡Es tarde! Por algo que no comprendo, el sol que se despierta también trae la calma del mar que se ha tornado callado y sereno, por eso con confianza se enciende el motor y nos alejamos prontamente de la bahía con rumbo al manglar. El cielo está gris y la brisa azota mi cara mientras enciendo la grabadora donde consignaré cada registro del recorrido. La rutina inicial es ver como a nuestro paso la lancha despierta y espanta toda ave perchada en las ramas de mangle. A lo lejos, diviso una isla de manglar que pareciera ser blanca y no verde como las demás. La conocen como “La Picardía”, y cada mañana vemos como cientos de coquitos(2) y garzas parten de ese sitio que usan como dormidero. Al aproximarnos a “La Picardía”, hago una señal que mi compañero comprende como bajar la velocidad y cuento o hago estimaciones de lo que logro ver a la distancia, mientras el mangle deja de ser blanco para convertirse nuevamente en verde. Entre tanto, mi compañero calcula la distancia, velocidad y tiempo en la que la lancha debe ser movida para permitirme un buen conteo, de mi boca no es necesario que salga una indicación para él. Muchas veces sin pedírselo busca los ángulos precisos donde ubicar la lancha para divisar bien alguna especie o incluso tomar una buena fotografía. El silencio es crucial para lo que hacemos, así que gestos y señales son lo más conveniente. Poco a poco nos adentramos en los caños de manglar, en los que un patoaguja(3) es divisado en el cielo con su vuelo circular sostenido. Debemos acelerar y repentinamente, un playerito(4) vuela en forma desafiante delante de nuestra lancha, inexplicablemente el ave no para o se desvía y sigue sin aparente temor batiendo sus alas de manera rápida sin sobrepasar nunca la altura de su cuerpo. Incluso por momentos, su vuelo rasante sobre el agua hace que la punta de sus alas toquen la superficie por, al menos, un segundo. Entre sonrisas y asombro vemos a este desafiante volador y al bajar la velocidad para hacer un cruce vemos como la carrera es terminada con un definitivo ganador, quien por fin se posa en una gruesa raíz de manglar, balancea su cuerpo y nos observa a lo lejos. Ingresamos a un caño cada vez más estrecho y los ruidos del manglar son ahora más perceptibles. El motor debe apagarse y a remo cruzamos estas islas, mientras un cucarachero de manglar(5) incansablemente entona su melodía y las inquietas chechelitas(6) pasan como ráfagas doradas de un lado a otro. Durante la época de migración son las indiscutibles amas y señoras de este manglar. Repentinamente, un pólito(7) con su cresta erizada y su voz característica, vuela bajo y se dirige al interior del bosque, seguido por un vaco(8) con vuelo pesado busca posarse en lo alto de un mangle para estar más seguro. Atravesamos este manglar que se torna cada vez más callado y el mar dejar de escucharse. Inesperadamente, un zorro manglero(9) está en una orilla y al vernos levanta su cabeza, nos observa y lentamente se oculta bajo una gran raíz. Por algunos segundos, estuve tentado en sacar mi cámara fotográfica e inmortalizar aquella ocasión, pero escogí la opción de disfrutar el momento y grabar en mi mente la cara de aquel mamífero que nos miraba con desgano desde la orilla. Ayer tuve la misma sensación al ver como una nutria salía repetidamente a la superficie por algunos segundos a escasos 50 metros de nuestra posición y tomé la misma decisión, prefiero un buen recuerdo en mi cabeza que un archivo digital. ¡Habrá una próxima vez! Me digo a mi mismo como consuelo. Al salir del caño, nos espera una ciénaga donde varios pescadores nos saludan al pasar. La ciénaga nos lleva en este estuario a esos caños de agua dulce donde el manglar deja de ser lo más prominente. Ahí nos rodean varias gallaretas(10) y pataletas(11) que rápidamente se alejan de nuestro radio de censo. Un bebehumo(12) asoma su cara desde el manglar y una cigua(13) vuela rápidamente hacia el interior del bosque. Miro con sorpresa como un pelícano(14) joven sigue la canoa de unos pescadores que permiten que el ave coma algunos restos de peces que ellos lanzan al agua. En estas tierras pescadores y pelícanos se tratan como colegas. Durante el censo contabilizo centenas de gorritos(15) que se apoderan de una pequeña isla de manglar en la que nos adentramos y notamos como el ruido de estos pájaros puede volverse ensordecedor. Avanzamos en nuestro recorrido mientras a cada lado, vemos algunos arrozales, registramos chavarrías(16), chías(17), curraos(18), barraquetes(19), monjitas(20) y chamarías(21). De manera espectacular estas aves adornan el paisaje y matizan con sus cantos y voces la atmósfera de un paisaje pleno de vida. Pero no es sino un encuentro con una especie en particular la que me llena de asombro y satisfacción. Dispuesto… Seguir leyendo Entre Manglares y Ciénagas del Caribe: Retazos de una Libreta de Campo
Entre Manglares y Ciénagas del Caribe: Retazos de una Libreta de Campo