Una danza en la sabana después de la lluvia

Octubre llega a su final. Las lluvias pronto cesan y la sabana inundada deja al descubierto los pastos de los que el ganso del Orinoco (Oressochen jubatus) se alimenta. Es entonces cuando comienza la danza.

Generalmente es la hembra quien da el primer paso. Estira el cuello y acerca la cabeza al suelo. El macho responde de inmediato: avanza hacia ella con su pecho inflado y sus alas hacia atrás. La danza se repite una y otra vez, mientras la sabana comienza a secarse y el agua se retira lentamente del suelo del bosque.

 

Después de la danza, la pareja necesita una cavidad en un árbol para anidar. El macho vuela cerca de un sitio que conoce perfectamente y que, además, está habitado por  humanos. Allí, en un viejo árbol de mango (Mangifera indica) el macho elige anidar. Este árbol cuenta con una cavidad justo en el punto donde nacen las ramas más grandes, lo cual brinda la protección necesaria para ocultar a la hembra y su nido. La hembra sube al árbol mientras el macho permanece abajo. Ella comienza a tapizar la cavidad con hojas y sus propias plumas.

 

La hembra pone ocho huevos que solo ella incubará. Su compañero permanece en el suelo, desde allí vigila que los intrusos no se acerquen demasiado. El macho está preparado para usar los espolones de sus alas como armas cortopunzantes para defender su territorio. A punta de aletazos ahuyenta a otros machos que también buscan donde anidar.

 

Durante el día, tanto el macho como la hembra permanecen alerta ante el asedio de rapaces como el carraco (Caracara plancus) y el chiriguare (Milvago chimachima). Por la noche también deben estar vigilantes, pues un reptil como el mato (Tupinambis teguixin) puede escalar sin dificultad el árbol en busca de los huevos. No obstante, la hembra estará allí para propinarle una lección al osado lagarto.

 

A medida que se acercan las últimas semanas de diciembre, y mientras la hembra calienta y protege sus huevos, las lluvias se vuelven cada vez más escasas en la sabana. En turnos muy cortos, ambos miembros de la pareja aprovechan para alimentarse del verde pasto que crece cerca del viejo mango.

 

Después de cuatro semanas, seis gansitos están listos para dar su gran salto. Tres metros los separan del suelo.  Uno tras de otro, los pequeños se lanzan para reunirse con sus padres. El macho los conduce hacia la orilla del humedal, mientras la hembra permanece detrás del grupo. 

El chiriguare y el carraco ya no son la principal amenaza. En la orilla, algunos pacientes cachirris (Caiman crocodilus) esperan cualquier descuido de las familias de gansos, que empiezan a visitar con mayor frecuencia el humedal.

Foto: Yanira Cifuentes - Sarmiento / Asociación Calidris
Foto: Yanira Cifuentes - Sarmiento / Asociación Calidris

Para febrero, el humedal tiene cada vez menos agua, no solo para los cachirris, sino para los gansos. El pasto escasea y las aves deben compartirlo con un número creciente de vacas, venados (Odocoileus cariacou) y chigüiros (Hydrochoerus hydrochaeris), que también acuden al sitio acompañados de sus crías.

 

Esta sabana, cada vez menos verde, ha sido testigo del crecimiento de los gansitos. Ahora solo quedan dos bajo el cuidado de sus padres. Los plumones de sus cuerpos han dado paso a las plumas verdaderas, lo que les confiere un aspecto más parecido al de los adultos. Con la escasez de alimento y de agua surge la necesidad de buscar otros lugares a los que no es posible llegar caminando.

 

En las dos semanas siguientes deben aprender a volar para acompañar a sus padres en busca de nuevos lugares para sobrevivir. Los intentos por volar inician corriendo con rapidez, para luego dar pequeños saltos y finalmente lograr ganar algo de altura. Poco después, consiguen volar con sus padres.

Aunque los nuevos sitios visitados cuentan con suficiente agua y pasto, marzo es un mes particularmente seco, lo que obliga a muchos gansos a agruparse alrededor de lagunas que no alcanzan a secarse por completo. En las últimas semanas de abril llegan las primeras lluvias. La sabana recupera poco a poco su color verde.

 

No todas las parejas lograron reproducirse con éxito. Algunos gansos perdieron sus huevos, pese a haber intentado anidar en más de una ocasión. Otros lucharon infructuosamente para que sus crías no fueran presa de otros animales. Los dos jóvenes gansos de la pareja del viejo mango, en cambio, lucen sanos y fuertes. Sin embargo, el agua que inundará la sabana los obligará a abandonar el sitio donde vieron por primera vez la luz del sol. Los gansos deben partir a otros rincones del Llano. 

 

Pasarán dos o tres años antes de que estos jóvenes gansos tengan su primera danza nupcial bajo las últimas lluvias. Tal vez alguno de ellos regrese al viejo árbol de mango, fiel testigo de la lucha de sus padres por sacar adelante a sus crías en medio de la sabana inundable de los Llanos colombianos.

 

¡Por las aves, con la gente!

 

Para más información:

Carlos Ruiz-Guerra

Investigador Asociado

Asociación Calidris

cjruiz@calidris.org.co

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