Eran los ochenta y el paseo anhelado llegaba en vacaciones de julio. La familia se preparaba con emoción y aquellos buses que viajaban con puertas abiertas eran ocupados con prontitud. No había terminales de transportes ni teléfonos públicos en esos años. Los buses partían desde el Paseo Bolívar en medio de caos y olores. Yo arrebataba a mi hermana la ventanilla, pues el viaje era una de las partes favoritas de ese paseo familiar. Dejábamos la ciudad y al cruzar el puente Pumarejo, observaba el gran río colosal que me infundía mucho temor.
Testigo accidental del padecer y renacer de lo que es llamado Isla Salamanca, presencié como la vida sorprendentemente se dejó allí ver. Los libros me enseñaron que era un área protegida con una riqueza en flora y fauna muy importante en la región que aunque millones de personas la crucen año tras año, la desconocen, ignoran lo valiosa que es, y pocos saben todo lo que Colombia perdió en biodiversidad con las grandes extensiones de manglar que desaparecieron. Los funcionarios de este parque nacional me han mostrado algunos de sus secretos, entre ellos su espectacular avifauna.