Enero 31 de 2011 / 11:27 am

Por: Carlos José Ruiz

VIPISEran los ochenta y el paseo anhelado llegaba en vacaciones de julio. La familia se preparaba con emoción y aquellos buses que viajaban con puertas abiertas eran ocupados con prontitud.  No había terminales de transportes ni teléfonos públicos en esos años. Los buses partían desde el Paseo Bolívar en medio de caos y olores. Yo arrebataba a mi hermana la ventanilla, pues el viaje era una de las partes favoritas de ese paseo familiar. Dejábamos la ciudad y al cruzar el puente Pumarejo, observaba el gran río colosal que me infundía mucho temor.

Entonces cruzábamos ese incomparable sitio, que gustaba contemplar con el viento de cómplice. No sabía su nombre, algunos lo llamaban “La Isla”. Incontables troncos secos de gran altura rodeados por agua escoltaban cada lado del camino, a veces interrumpido por terrenos no arbolados de color amarillo desierto. Tras los árboles muertos, se escurrían las olas del mar en algunos sectores, pero era imposible ver que más escondían, únicamente aves negras y blancas adornaban la vista.

Nunca alguien me dijo qué había pasado allí, creo que todos lo ignoraban, por eso pensaba que siempre había sido así. Durante casi una hora, el paisaje no se alteraba y adormecía al resto de los pasajeros hasta que casas de madera sobre el agua y tumbas de piedra inundadas daban la bienvenida a nuestro destino, un pueblo con mas bicicletas que personas, con agua increíblemente fría en la ducha, agua proveniente de esas imponentes montañas verdes y azules, que llamaban “La Sierra”.

Ya en casa de mi tía,  mi sitio de juegos era un cementerio de carros y buses que se habían accidentado precisamente en esa carretera que lleva de mi ciudad a Ciénaga. En ese lugar, yo era el conductor del gran bus naranja que se había incendiado y en el que llevaba a mis primos a cualquier rincón del mundo. El juego culminaba con la orden de mi centenaria bisabuela que me pedía ordeñar las vacas que ella había perdido veinte años atrás y que yo nunca conocí.

Los años pasaron y crecí, el paseo familiar se tornó aburrido, mis primos crecieron, el viaje se acortó en tiempo pero seguí usando la ventanilla del bus para ver como el cementerio de árboles se volvía verde. Poco a poco descubrí que los árboles eran mangles y murieron por esta carretera que comunica al Caribe con el resto de Colombia. Aprendí que las aves blancas eran varias especies de garzas y que debía ver el color de sus patas y picos para saber que eran diferentes. Igualmente las aves negras no eran totalmente de ese color y correspondían a patocuervos y maríamulatas.  Eran los noventa y la recuperación de este lugar se había iniciado.

En esos años, veía que en ese pueblo bananero, las bicicletas fueron desplazadas por carros, motos y muchísimos camiones transportando carbón. Sus ríos se fueron secando y el agua de la ducha se volvió tibia. La tierra de Buitrago se volvió sucia, violenta y ruidosa.

aves_vipisTestigo accidental del padecer y renacer de lo que es llamado Isla Salamanca, presencié como la vida sorprendentemente se dejó allí ver. Los libros me enseñaron que era un área protegida con una riqueza en flora y fauna muy importante en la región que aunque millones de personas la crucen año tras año, la desconocen, ignoran lo valiosa que es, y pocos saben todo lo que Colombia perdió en biodiversidad con las grandes extensiones de manglar que desaparecieron. Los funcionarios de este parque nacional me han mostrado algunos de sus secretos, entre ellos su espectacular avifauna.

Hoy con menos frecuencia viajo por esa carretera pero cuando lo hago sigo escogiendo la ventana para así maravillarme quizás con una atrevida nutria que persigue patos, unos patocucharas que pasan por flamencos, la guacharaca en el cactus, la garza que danza para comer o las espectaculares bandadas de gaviotines.

Salamanca fue herida de muerte en los setenta y en el nuevo milenio su futuro no es claro, pero es preciso que otros usuarios de la troncal del Caribe empiecen a apreciarla. Es triste saber que muchos conductores atropellan su fauna con intención, personas inescrupulosas contaminan sus aguas, talan sus árboles, queman su vegetación, urbanizan sus terrenos y extraen o cazan sus animales. Todo lo anterior hace el trabajo más difícil a la Gente de la Conservación, esos funcionarios de Parques que día tras día se entregan a cuidar la Vía Parque isla de Salamanca para que un día los futuros colombianos puedan también apreciarlo desde sus ventanas.

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