La Ciénaga Grande de Santa Marta: un rincón macondiano rebosante de esperanza

El sol y la brisa de marzo no faltaron a la cita de esa tarde, en la que nos embarcamos hasta el pueblo palafito de Nueva Venecia, también conocido como El Morro. Mis compañeros eran la Gente de la Conservación, y su entusiasmo hacía del recorrido, de algo más de una hora, una experiencia agradable sazonada con el vuelo de algunas Gaviotas reidoras (Leucophaeus atricilla) que escoltaban nuestra lancha. A nuestras espaldas quedaban los manglares del Vía Parque Isla de Salamanca, una cara de este Parque totalmente nueva para mí.

A pesar de nacer a unas cuantas horas de la laguna costera más grande del Caribe colombiano y pasar muchos años de mi niñez en el municipio de Ciénaga, en el departamento del Magdalena, únicamente las aguas de la Ciénaga Grande de Santa Marta habían tocado mis pies cerca al puente de la barra, donde la gran ciénaga se abraza con el mar, ahora navegaba por primera vez en sus aguas y ninguna imagen anterior de otro sitio pudo compararse con la belleza e imponencia de este humedal que parece más mar que ciénaga.

A 22 km de nuestro sitio de partida en Tasajera, y en dirección sur-occidente, entramos a un estrecho corredor de manglar, donde pescadores en sus canoas y varios Garzones azules (Ardea cocoi) reposaban a orillas del manglar. Cruzamos el caño y divisamos el primer pueblo palafito, era Buenavista ubicado al sur de nuestros ojos. Nos dirigimos a ese sitio, que lucía como una vereda del pacífico nariñense en marea alta. Allí saludamos a un personaje que fue reconocido por mis compañeros a más 100 m. Estábamos entonces en el Complejo Pajarales, que no es más que un rosario de ciénagas conectadas y separadas entre sí por manglar. Recorrimos ocho kilómetros más y llegamos a nuestro destino por esa tarde, El Morro, un grupo de casitas de maderas que con zancos dentro del agua lucen como una isla de colores vivos.

El Morro guarda una magia increíble y la alegría no se oculta a pesar de las tragedias que hicieron famosas estas tierras hace algunos años. Era sábado y la música brotaba de diferentes rincones, algunos niños jugaban en una cancha polvorienta, los hombres bebían y saludaban a nuestro paso. Esa noche después de una cena muy costeña que incluía arroz de frijol cabecita negra, las hamacas acogieron nuestro sueño.

Salimos a la madrugada siguiente, abandonamos las luces de El Morro y con rumbo sur-oriente buscamos nuestro destino para ese domingo. En medio de la oscuridad, algunos Guacos (Nycticorax nycticorax) anunciaron nuestra presencia y las lisas saltaban con afán a lado y lado de nuestra canoa. Varias de ellas nos golpearon en algunas ocasiones y tuvimos que regresarlas al agua para que reanudaran su danza. El trayecto se tornó difícil en un punto del recorrido y la fuerza combinada con la destreza de dos hombres fue necesaria para mover la canoa que transportaba a cuatro personas.

Esperamos las primeras luces del día en el humedal El Conchal, a pocos metros de nuestra nave, Garzas reales (Ardea alba) y Patos caretos (Anas discors) permanecían casi inmutables. En unos cuantos minutos, cientos de aves procedentes del sur volaban sobre nuestras cabezas mientras las identificábamos y contábamos hasta su paso en algún sitio al norte de nuestra ubicación.

Al final de la jornada, casi al mediodía, el sentimiento de haber tenido la oportunidad de conocer un sitio como este es realmente estimulante y ser testigos de nubes de aves que rondaron los sentidos, aviva el optimismo por la recuperación de la Ciénaga Grande. Adicionalmente, la labor no siempre reconocida de funcionarios de Parques Nacionales preocupados y comprometidos en estudiar y conservar la avifauna del SFF CGSM, alimenta cualquier esperanza y hace soñar con un futuro mejor para este colosal humedal del Caribe que me vio crecer y no quiero ver morir.

Por: Carlos José Ruiz
Biólogo Investigador
Asociación Calidris

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