Una Experiencia de investigación contada de otra forma

Han pasado varios meses desde la últimavez que instalamos redes de niebla en las playas del Pacífico sur colombiano. Hoy de nuevo partimos en un barco de madera que tiene capacidad para quizás sesenta personas pero esta vez lleva también vacas, perros y gallinas, eso sin mencionar los ladrillos, las neveras, lavadoras y televisores. La tarde gris de Buenaventura nos dice adiós; nos esperan doce horas en las que sólo podemos tratar de dormir o escuchar la historia de algún pasajero que haya sobrevivido a los increíbles y frecuentes naufragios. Yo prefiero tratar de dormir.

A la mañana siguiente estamos cerca del destino sin puerto, una canoa nos espera para desembarcar, el barco disminuye la velocidad para que podamos bajarnos a una pequeña embarcación tambaleante. Después del viaje sólo deseamos tocar tierra firme y comer algo. Para desayuno tendremos un delicioso pescado frito, café y tostadas. Nuestra primera escala es Mulatos, un lugar paradisíaco frente al mar, habitado por menos de cien almas: un pedazo de costa nariñense ubicado en el Parque Nacional Natural Sanquianga.

Es el momento de abandonar el descanso e iniciar nuestra labor. Hemos venido a capturar y marcar aves playeras y debemos seguir un código ético: Los anilladores son los responsables principales de la seguridad y bienestar de las aves que estudian, de manera que los riesgos de lesiones y muerte sean mínimos (Gratto-Trevor 2004). Es duro y debemos hacer todo lo posible por lograrlo sin poner en riesgo a las aves ni a nosotros mismos.

En esta ocasión viajamos unas horas en lancha desde Mulatos hasta donde pasaremos la noche, allí nos esperan una decena de niños curiosos que nos llaman los pajarólogos; que saben que año tras año llegamos con mucho equipaje para atrapar chiritas. Por eso después de cada jornada cualquier habitante de ese caserío nos saluda y nos pregunta ¿Cuántas fueron hoy? Quizás nos entienden muy bien, pues la mayoría de ellos son pescadores y saben lo frustrante que puede ser ver una red vacía después de una ardua jornada.

Esa noche discutimos entre todos la conveniencia de elegir ciertos lugares para poner las redes, la disposición de las mismas y en qué número, nos basamos en las observaciones de las bandadas. Esa noche de planeación define, en parte, el éxito o el fracaso de la jornada. El día y la hora también son importantes, la marea máxima es nuestra mejor aliada, ésta y la oscuridad condicionan nuestra jornada. Generalmente seleccionamos los días con mareas muy altas en horas cercanas al amanecer o al anochecer. La explicación es que debemos conjugar el poco espacio disponible para que las aves se concentren en un espacio reducido y la poca luz para que las redes no sean vistas por ellas fácilmente.

Organizamos el equipo mientras nuestro motorista nos informa la hora de partir. Por sus cálculos sabemos a qué horas debemos estar despiertos y listos para echarnos a la mar. El destino es una isla en la costa nariñense llamada La Cunita, el sitio con mayor concentración de aves playeras en Colombia. Ningún hombre vive allí, seremos unos intrusos en medio de la nada, en una playa interrumpida por pastizales y arbustos, rodeados de lodo, mar y muchas aves marinas y playeras.

Debemos descansar, la mañana que nos espera es muy dura. Saldremos de madrugada (3:00 am), viajaremos 20 minutos en canoa y tendremos una hora y media para instalar las redes y esperar.

Suena la alarma, las pocas horas han pasado demasiado rápido, es hora de levantarse. Subimos los equipos, la comida y con las linternas de cabeza nos disponemos a partir. Pronto la proa toca la arena de la playa, estamos en La Cunita. Hay que desembarcar rápidamente, es muy poco lo que se puede ver sin linterna. Buscamos el sitio que seleccionamos la noche anterior y empezamos a instalar las redes. Por ocasiones es preferible apagar la luz de las linternas pues cientos de insectos se lanzan hacia el rostro, algunos llegan a las fosas nasales y la boca, lo cual resulta muy molesto.

Llueve un poco, era de esperarse. Hemos terminado, al parecer le hemos ganado la batalla a la luz del sol, ahora sólo resta esperar. Entonces es tiempo de hacer algo adicional. Algunos toman café y en silencio armamos a cien metros del sitio de las redes, el campamento conformado por lámparas, mesas, sillas y una carpa, no hay mucho con que improvisar. Pronto cesa la llovizna y, con ella, también parte de la preocupación.

La luz del amanecer nos avisa que es el momento. Nos dividimos en parejas, cada una toma una jaula -porque cuando se trabaja con aves playeras, en ocasiones, las bolsas resultan insuficientes-. Los insectos aumentan con el amanecer y por eso estamos cubiertos con camisas manga larga y botas pantaneras. El calor es sofocante bajo tanta ropa, prendas que no han sido escogidas por color ni estampado, lo único que importa es que nos proteja del sol y de los fastidiosos zancudos y jejenes… la combinación resultante puede ser desastrosa. Nunca imaginamos que, pocos meses después, apareceríamos fotografiados con tales atuendos en un periódico de circulación nacional.

Caminamos hacia las redes. A la distancia, ambos equipos vemos con frustración que no hemos tenido la primera captura. Sin embargo, hay que acercarse para estar seguros. Rápidamente sacamos dos individuos de la red y los metemos en una de las jaulas. Son las 5:30, nos alejamos de las redes y vemos cómo la esperanza nos da una señal. Hay una bandada de cien individuos a 20 metros de dos redes, es el momento de actuar. Los cuatro nos disponemos a llevar la bandada cerca de las redes en la forma como las abuelitas llevan las gallinas al corral. Es un movimiento lento y calculado: a cada paso de nosotros la bandada, de forma sincronizada, se levanta y aterriza unos metros más lejos. Continuamos con la danza  por unos minutos.

Damos otros pasos y sabemos que es el momento, es la distancia necesaria para que funcione, no estamos ni muy cerca de las aves, ni muy lejos de las redes. Dos de nosotros se ubican a lado y lado de la bandada dejando a esta en la mitad de ellos y dos hemos quedado con la bandada entre nosotros y las redes. A la cuenta de tres sólo nos moveremos nosotros, correremos hacia las redes y arrojaremos las aves hacia la red. Echamos a correr gritando y aplaudiendo cual locos de atar. La bandada vuela a las redes, de los cien individuos quince quedan atrapados y diez logran rápidamente escapar; por eso corremos con las jaulas a sacarlos de la red.

No está mal, ya tenemos casi veinte, podemos empezar a medirlos y anillarlos. Son las 6:24 am y mientras comenzamos a mirar qué hemos capturado, alguien grita y dice que otra bandada ha caído. Hemos completado 70 individuos en menos de una hora, las jaulas están completamente llenas, no deseamos atrapar más aves, debemos cerrar las redes y evitar cualquier daño para ellas. En definitiva es una jornada exitosa, el primero de tres días en este sitio. Terminamos pasadas las diez de la mañana, nuestro motorista llega a las once. Con la sonrisa de hombres agotados esperamos que nos pregunte ¿Cuántas fueron hoy?

Carlos José Ruiz
Biólogo
Asociación Calidris

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